OBITUARIO

Miguel Ángel Letamendia, in memoriam

Hace algo más de cuatro años recibí una llamada telefónica de Miguel Ángel Letamendía proponiéndome una reunión para informarme de un proyecto que tenía de cara a la celebración del Centenario de la Asociación de Antiguos Alumnos y del 125 Aniversario del Colegio de Lecároz. Quedamos en el Txoko y, sin hablar nada de la cuestión que nos había llevado hasta la falda del caserío Atxeborroa, nos fuimos andando a Irurita por el camino de la gruta Lourdetxo para almorzar en el restaurante Olari. A Miguel Ángel y a mí ya nos gustaba el rosado Inurrieta, y esa fue el arma que utilizó para lanzarme un órdago en forma de propuesta, cuando ya no nos quedaba más que un culo de vino:

-Para los actos que estamos preparando de cara al 125 Aniversario del Colegio, necesitamos tu aportación.

-Si está en mi mano, dalo por hecho. ¿Qué es lo que necesitas?, pregunté.

-Que escribas un libro con la historia del colegio, que también es la historia de Baztan, de las cerca de 15.000 personas que estudiamos allí, de los capuchinos que nos formaron, de los visitantes ilustres, rescatar lo mejor de las miles y miles de fotos que tenemos desde 1890…

-Se nota que has sido director comercial de empresas, Miguel Ángel, porque me acabas de endosar el trabajo de un año como si me estuvieras contando que acabo de ganar el premio gordo en la lotería de Navidad.

-Tenemos que dejar constancia de lo que ha sido el colegio. De su importancia. De los valores que nos inculcó. ¿Sabes qué dice el artículo segundo de los estatutos originales de la Asociación, que son de 1916, y que a día de hoy sigue vigente?

-No, respondí.

Miguel Ángel lo recitó de memoria: “Fomentar entre los asociados relaciones de amistad y compañerismo, proporcionándoles ocasiones de encuentro, apoyo moral y colaboración”.

-¿No te parece que es algo grandioso el hecho de que más de cien años después, los que seguimos vivos, mantengamos la misma relación de amistad y compañerismo de los que nos precedieron hace más de un siglo?, me preguntó.

-Es la marca Lecároz, Miguel Ángel. Lo que nos distingue.

-Es que eso es Lecároz: la amistad y el cariño que nos tenemos. Esa es la marca Lecároz, me respondió. ¿Harás el libro?

-Por supuesto. Con tu ayuda, claro. Porque tú, de Lecároz, es que lo sabes todo.

Sonrió y brindamos con el culo de vino. Comenzaba una relación que con el tiempo superó la amistad.

A esa comida le siguieron decenas y decenas de reuniones (no exagero si afirmo que, en ocasiones, pasamos días enteros hablando de Lecároz, de hechos concretos, identificando fotografías, completando historias inacabadas…) porque Miguel Ángel era el arcano no sólo de la Asociación, que presidió durante catorce años, sino de la propia historia del Colegio. Y la del Colegio de Lecároz no es un historia cualquiera, bien lo sabemos todos. Conocía tanto y tan bien los avatares del colegio que un día, revisando las fichas originales de los alumnos que se conservan en el Txoko, me dijo al soslayo:

-Blanca, mi mujer, dice que paso más tiempo contigo que con ella.

-Dile a Blanca que tiene razón, contesté. Pero añade que, si tú no me ayudas como lo estás haciendo, el libro que pretendemos es imposible de preparar en algo más de un año. Mientras no acabemos el trabajo seremos pareja investigadora de hecho.

-La amistad y el compañerismo que dice el artículo segundo de los Estatutos…

-Va ser eso.

Miguel Ángel conocía tan bien la historia del colegio, su cronología, que en alguno de los viajes al extranjero que inevitablemente tuve que hacer durante la elaboración de “Lecároz en 100 palabras” él me sustituyó en la mesa que los capuchinos me dejaron en la Biblioteca del convento de Extramuros, en Errotazar, Pamplona, y allí siguió escaneando los documentos que yo había ido separando de los archivadores sin que necesitara indicación alguna. Y, entre tantas miles de hojas, muchas con más de un siglo encima, encontró lo que mis ojos no habían descubierto: varios documentos que fueron fundamentales para tratar de reconstruir la historia del colegio.

Finalmente el libro salió, la fiesta del 125 Aniversario del Colegio y Centenario de la Asociación se celebró -con un éxito tan imponente que sólo es equiparable al empeño y entusiasmo que Miguel Ángel impulsó en todo su equipo para que fuera una jornada memorable- y hace ahora dos años me volvió a citar para hablar de otro asunto medio privado, medio confidencial: quería que fuese yo, precisamente yo, quien le sustituyera en 2017 como presidente de la Asociación. ¿Cómo decirle que no a Miguel Ángel? ¿Cómo? Respondí que sí si él, a su vez, aceptaba ser nuestro primer presidente honorario, con voz y voto. Naturalmente, aceptó. Y porque aceptó, la Asociación volvió a repetir el éxito del 125 Aniversario cuando el año pasado celebramos el Cincuentenario del colegio nuevo. Fue Miguel Ángel y su inquebrantable ánimo el que contagió a todo el equipo para que el evento saliera como salió. De bien, quiero decir. De magníficamente bien.

Hace cinco meses Miguel Ángel, hombre fuerte como el roble, pelotari y futbolista, comenzó con un problema que no sabía definir y que iba superando con la fortaleza que siempre tuvo. Así fue hasta el lunes 18 de febrero de 2019, que nos dejó por sorpresa. Siete días antes le había mandado unas fotos del cementerio del pueblo de Lekaroz, en el que tanto empeño puso para que el panteón capuchino mejorase, siquiera algo, su aspecto. Me respondió así, en un mensaje: “Me ha hecho mucha ilusión ver las fotos!!! De eso se trata, de que mejore un poco…”.

Hasta aquí el anecdotario reciente. Pero esta carta de despedida, estas palabras que escribo con lágrimas en los ojos, quedarían cojas y mancas, sordas, ciegas y mudas si no dijera que Miguel Ángel ha sido una de las mejores personas que he conocido a lo largo de mi vida. Que ha trabajado por Lecároz y la Asociación como nadie, y de la forma más desinteresada. Que gracias sobre todo a su esfuerzo ha mantenido viva la llama de un colegio que hace mucho tiempo que no existe y la relación de amistad entre quienes formamos parte de la Asociación. Que deja un legado y una huella tan sólida, tan firme que es física y metafísicamente imposible que lo olvidemos porque sería tanto como olvidar quiénes somos y de dónde venimos.

 

Te vamos a recordar siempre porque eres insustituible. Irrepetible. De todos nosotros, eras el mejor, Mikel Aingeru, alias Fosfato.

Hoy te recuerdo con las palabras con las que siempre nos despedíamos (como lo hacen nuestros entrañables capuchinos): Paz y Bien.

Goian bego, presidente.

 

     

                                                                                                                     Fermín Goñi                                                                                                          Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos
                                                                                                           del Colegio de Lecároz

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 Web publicada el 19 de Junio  de 2018