VIVENCIAS EXCOLEGIALES

La bofetada del Padre Marcelino

Sr. Presidente de la Asociación de excolegiales de Lekároz.
Querido amigo y respetado Presidente: Son varias las veces en las que, con la excusa de un encuentro casual, me has invitado a que escriba anécdotas de mi estancia en aquel bendito colegio.
Han pasado más de 60 años desde que lo abandoné… el calzadero, el comedor, la capilla (distinta a la Iglesia) y en general todos aquellos rincones en cada uno de los cuales podría surgir un “susedido”.

 

No hace falta decirte que nuestro Colegio (que luego resultó ser, como decía el Registro de la Propiedad solo de los Capuchinos y que hicieron con él lo que les dio la gana), era una zona de absoluta autarquía.
Teníamos una central eléctrica que suministraba toda la corriente al Colegio y sus aledaños (nadie recordará haber
visto un contador eléctrico, sencillamente porque no había nada que contar), teníamos igualmente una cuadra, donde
se criaba ganado vacuno, con su correspondiente matadero.
El suministro de agua potable, era también propiedad de los Capuchinos, disponíamos de zapatero y peluquero, sesiones de cine etc. En fin, un pequeño pueblo que podía subsistir, sin necesidad del contrabando que practicaba
Fray Vishente, que era amigo de todas las fuerzas vivas de Elizondo y sus alrededores.
Pero, también tenía sus inconvenientes y recuerdo que en pleno invierno,( no recuerdo la fecha) es decir. cuando oscurece hacia las cinco y media de la tarde, la central eléctrica se estropeó, y todo el Colegio, con gran satisfacción
del alumnado, se quedó en penumbras.
La autoridad competente ( P. Marcelino de Tolosa, alias Txelino),ordenó que en los pasillos, se colocaran candelabros. Uno de ellos estaba colocado en la curva que se formaba entre la desviación hacia el cine, la biblioteca y las escaleras de bajada a la Capilla o al comedor.
De entre las dos filas, alguien soplaba sobre la vela y al producirse la oscuridad total, se oía algún grito que otro con gran satisfacción del resto de los“enfilados”. Recordareis que en dicho punto había una columna de las muchas que sujetaban la estructura del edificio. Y al día siguiente, nuevamente alguien sopló (no sobre el nido del cuco), sino sobre la vela, y al producirse la oscuridad, simultáneamente se oyó una bofetada. El que la recibió se quejó. “…yo no he sido”, y el autor de la bofetada el P.Marcelino, que estaba tras la columna contestó”,… pues por idiota, haber sido”. Eso era auténtica educación ciudadana.  
Te envío un fuerte abrazo.

 

Joaquín Oquiñena (1947) alias Kinito.

Recuerdos y testimonios de la década de: 1890
 

"Aunque se llevan gastados en la obra más de 100.000 duros, queda faena para no menos de tres meses" P. Llevaneras al párroco de Elizondo, 19/DIC/1890

"Considerando que dicho edificio no es ni puede ser una escuala seráfica, destinada sólo a fomentar las vocaciones de una naciente y reducida provincia, pues la extensión de su fábrica, el número de sus salas y celdas, la considerable amplitud de su fértil huerta, permiten y exigen un número de alumnos que sería más que suficiente para proveer a muchos noviciados, y no es posible que tantos alumnos presenten todos garantías de vocación taxativamente capuchina; visto que los grandísimos sacrificios hechos por los bienhechores han tenido por objeto algo y mucho más que la provisión de un simple y único noviciado, pues los fieles han querido con sus cuantiosas limosnas hacer obra de apostolado católico, uniendo a la vez en sus favores la vida religiosa y la apostólica,; y ambas a la enseñanza cristiana de los jóvenes del Baztán y valles vecinos... la Definición juzga deber de gratitud y de verdadera justicia e inevitable compromiso completar moralmente lo físicamente hecho". (Def. Prov. Capuchino reunido en el colegio. 13/OCT/1891)

"Demasiado ostentoso para Escuela Seráfica" P. Angel de Villava 

"Regia morada o alcázar de magnates" calificó un periodista el "inmenso edificio"

 

 

 

Recuerdos y testimonios de la década de los cincuenta

 

           

Muy a principios del mes de Octubre de 1.952, en autobús saliendo de Pamplona por Velate, atravesando un paisaje que se me haría familiar en el ir y venir en los siete cursos que se iniciaban para mí en esa fecha, llegaba al colegio de Lecároz y pisaba por primera vez sus campos de fútbol, de ligero tono verdoso por el descanso veraniego, que tornaría al ocre arenoso conforme lo fuésemos peinando con nuestras patadas al balón.  No iba solo. Me acompañaba la que, desde ese momento, iba a pasar a ser como mi sombra: la maleta, el equipaje.  En este caso con lo más personal, que, tampoco era demasiado voluminoso: ropa interior, con alguna camiseta de manga larga sin estrenar, a la espera de los fresquitos días por venir, tan menguantes en temperatura como en luz; camisas; jerséis y alguna chaqueta de punto sin solapas; dos o tres pantalones cortos, (los primeros vaqueros los estrenamos en el Colegio en ocasión muy especial, como recordaremos un poco más adelante). 

Algo igualmente necesario y que me era propio, colchón de lana y ropa de cama, habían llegado por delante. 

 

No recuerdo con detalle los primeros días, pero muy de inmediato me encuentro como uno más, de los pequeños, en la primera Sección, con el Padre Samuel, de vigilante;  en las mesas al fondo del comedor general, junto a las puertas de acceso a cocinas; en el dormitorio común pequeño, separado del grande
por la batería de servicios inodoros y lavadero corrido general; propietario de uno de los cajones en el pasillo del zapatero general, para el cambio de calzado y depósito de útiles de deporte, etc. Muy a los pocos días cobra especial protagonismo el “banderilleo general”, con nuestro grave y serio doctor D. Pedro, siempre listo para cursar visita de diagnóstico a la  llamada de fray Jorge, malabarista, este último, con el “agua de Carabaña”.  No recuerdo ninguna enfermedad que se resistiera a esta, o al diagnóstico de D. Pedro.  En el peor de los casos, alguno, de vez en cuando, terminaba en ambulancia para volver a los
pocos días sin el apéndice y un zurcidito del que presumir ante las caras de miedo de los observadores
más cercanos.

 

No existía la “economía” como tal, al menos en estas secciones de pequeños.  No se si los aquellos gigantones que eran para nosotros los Fernández de Córdoba, Sansebastián, Pérez Enciso,  “Adriansens”, entre otros, dispondrían de alguna “perrilla” de curso legal fuera de nuestros muros.  A nosotros nos proporcionaron “vales dinerarios”, recortables, para los pequeños gastos de tipo corriente, como reparaciones de calzado, alpargatas, de esparto o de goma que igual sufrían los puntapiés al balón,
paletas y pelotas para el frontón, etc.

 

Yo inicié mis clases de formación en el curso primero, con los alumnos que habían cumplido los 10 en este 1.952.  Por mi edad me hubiese correspondido el curso de “ingreso” al bachillerato, pero el Padre Germán, prefecto de estudios, convino con mi progenitor, alumno de Lecároz 16 años atrás, que debía intentar
cursar ingreso y primero en un año, y llevar uno adelantado para el futuro.  Compañero entrañable desde el principio fue para mí Manuel Clavero Altube, de Pamplona.  Si bien solo este curso compartiríamos asignaturas, no nos separaríamos hasta el 57 ó 58, en los que diversificamos nuestras amistades de verano en Pamplona.

 

Con religiosidad franciscana, mensualmente, nos congregaban a todos en el Aula Magna, aquella de pupitres fijos, individuales, y en la que tanto nos llamaban la atención las vitrinas de instrumentos musicales que “impermeabilizaban su fondo y acceso al claustro conventual” y coro de la Iglesia.   Esta práctica de convocatoria general se fue disipando con rapidez, pero recuerdo esas primeras reuniones con la solemnidad de las notas: Premiados en conducta,…  Premiados en aplicación,…  “Máximun completo”                

El Máximun completo, era algo terrorífico desde mis nueve años de edad; eran notas catastróficas, y, entre otras cosas, te condenaban a purgar estudio en un aula bajo la vigilancia del Padre Roque, al que habían liberado del alumnado cotidiano por su edad, pero mantenía gran planta y gravedad de voz.    Y antes he destacado al alumno Adriansens, ya que este alumno, que evidentemente tiene la condición de excolegial, de frecuente aparición en determinadas cadenas de televisión en nuestros días, por cuanto a más de uno resultará familiar, siempre salía a relucir, en estas asambleas colegiales para la lectura de notas,  por su auténtico récord en “Maximun completo”.

 

Pasteladas, frontón, sala de juegos en los más rigurosos días.  Vacaciones, notas,…

Gimnasia rítmica y su preparación musical para el día grande de la Patrona, Ntra. Sra. Del Buen Consejo,  con todo el Colegio en formación, pantalón y camisa blancas, para la calificación en formación física.  Y como colofón, el mini botellín de Anís Las Cadenas, con que nos obsequiaba a todos los alumnos
D. Pablo Esparza, de cuyo hijo, acabados sus estudios en el curso 51/52 heredé yo el número que
distinguía mi ropa, el 14.

 

Pues, así transcurrió este primer curso 52/53 en mi memoria, y en el archivo de correo que mi padre, q.e.p.d., fue coleccionando para mi biblioteca.

Poco más que añadir, con un recuerdo especial a aquel compañero Meoqui, a quien costó varios meses defenderse en “castellano”.  Tenía la condición de externo por su vivienda en Lekaroz pueblo, y su habla materna había sido el vascuence hasta su ingreso en el cole.

Destacable así mismo fue que en mi examen final solo se contempló el curso de “ingreso”. Me encontré con unas pruebas orales de diversas asignaturas, y como profesor examinante al bueno del Padre Samuel, mi vigilante en la sección, y al que no debí agradar demasiado a lo largo del curso.  No podía reprimir la intención de “suspenderme”, pero me salvaron dos comodines importantes:  La asignatura de Ciencias Naturales, de primero, con Matrícula de Honor, y el Padre Germán, prefecto de estudios, que vino al aula y expuso al tribunal que las notas que venía obteniendo en el curso primero me daban el “pase”, sin necesidad de continuar con la realización de examen de evaluación final.

 

 

Muy a primeros de 1.953, en autobús, saliendo de Pamplona, por Velate, atravesando un paisaje ya familiar , llegaba al colegio de Lekároz y pisaba de nuevo sus campos de fútbol, de ligero tono verdoso por el descanso veraniego, que tornaría al ocre arenoso conforme lo fuésemos peinando con nuestras patadas al balón. El Padre Samuel, nuestro vigilante anterior, solo había durado un curso en el Colegio.  Ahora, nuestro vigilante pasaba a ser el Padre Rufino de Espinal, profesor, además, de Matemáticas.  En este curso me acompaña como nuevo alumno mi primo Juan Ramón Lorente, quien terminará un curso más tarde que yo, al seguir en el Colegio cursando Preu en el 59/60.  Se hizo pronto famoso por “trasterillo”, por lo que muy a primeros de curso el Padre Germán, que nos daba Geografía,  lo metió un día de cabeza en la papelera,
con el consiguiente regocijo de todo primero.

¡Padre Germán!  Que santo varón y que gran profesor.  Era todo corazón.  Recuerdo de el su principal obsesión con los pequeños: Le quitaba el sueño nuestro incierto destino final, trascendente: La Salvación, ó la Condena eternas…..  No se preocupe Padre Germán  Hoy nos contemplas desde la Luz más brillante, y sabes a Dios Misericordioso, y a nosotros hijos de Ntra. Sra. Del Buen Consejo.  No se podemos estar mejor recomendados.

Muy a pesar de todo lo cual cabe aquí traer a colación que, otra de las prácticas habituales del Colegio
eran los “ejercicios espirituales”, una vez por curso.  Tres jornadas de retiro y suspensión de toda actividad que no estuviese relacionada con el “alma” y el “espíritu”:  Vamos: Era pecado mortal solamente hablar.  Recuero especialmente dos retiros de estos.  Uno en el Colegio, dirigido por D. Josecho Mendioroz,  entrañable amigo de mi familia, después,  y muy vinculado al Colegio por su condición de párroco de Garzain, ahí mismo, en misión en la que me dicen continúa, sobrepasadas las Bodas de Oro y con ganas
de llegar a las de Platino. A los mayores nos llevaban  a la casa de ejercicios de Burlada, desde cuyas ventanas se admiraban las murallas y catedral de Pamplona.  De modo que en el primer trimestre del 58/59 nos internaron allí por tres días a todos esos que hoy se leen en efemérides del 2009 de nuestra página
Web de excolegiales, Preu y Sexto de bachillerato.  Uno de esos días nos alertaron las campanas de la catedral y todas las iglesias de Pamplona.  ¿Qué podía ocurrir tan extraordinario?  Pronto lo supimos: el fallecimiento del Papa Pío XII.           

Para nuestros 15, 16 años, era un acontecimiento nunca experimentado hasta entonces. Terminados los ejercicios tuvimos unas horas de suelta en Pamplona, hasta la hora de recogernos en el autobús, para el regreso al Colegio, y algunos aprovecharon para tomar una copichuela en el único bar de Pamplona que a la sazón tenia “animadora”.  ¡Todo un escandalazo, sin olvidar la amenaza de posible e inminente apertura de puerta al infierno, que ello podía suponer, después de los días de reflexión que acabábamos de superar!

 

Volviendo a mi segundo año, curso 53/54, recuerdo a Osasuna en primera división, enfrentándose a At. de Bilbao y a Real Sociedad, nada menos.  Los resultados de los partidos nos los anunciaban por megafonía del patio en los recreos del domingo, poco antes de formar para ir al cine.  Mientras tanto el “Club Atlético de Lecároz”, los dos primeros cursos participaba en el “campeonato de la frontera”, una especie de liga en la que participaban, entre otros equipos el de Elizondo, Lesaka, Bera, Fuenterrabía, y algún otro.    Cada partido era todo un acontecimiento, desde la pintada de bandas y líneas con cal apagada, usando el caño libre de regaderas corrientes, hasta el baño en linimento que se daban nuestros jugadores, no se si por el frío, o para oler mejor. Como anécdota  nuestro cancerbero el curso 52/53 era Sansebastian, a quien recuerdo tapándose, cuadrándose cual boxeador, a la vista de todo el comedor expectante atónitos, ante el Padre Marcelino que, dadas las circunstancias, no pudo rematar la amenaza de “torta”, que a buen seguro se había ganado nuestro ídolo.  Pues bien: Le sucedió como portero en la selección del Colegio un tal  Bilbao.

En este mismo curso el prefecto de estudios pasó a ser el Padre Rafael de Vidania.

Por acumulación de nieve en Velate, tras las vacaciones de Navidad, el regreso al Colegio lo tuvimos que hacer los navarros saliendo de Pamplona por tren, hasta Irún, por Alsasua, y autobús regata arriba del Bidasoa.  Este echo se repitió alguna vez más, con la rabia que nos daba perder la sesión de cine del día
de llegada de todos.

Después de un año en primera, y tras haber ganado al Bilbao en el mismo San Mamés, Osasuna no pudo mantenerse y bajó a segunda.

 

 

En mi tercer curso, 54/55, segundo de bachillerato, continué en la primera sección, con el Padre Rufino de vigilante, por segundo año consecutivo.  Continúa, tambien, el Padre Rafael de Vidania de prefecto de estudios, y a lo largo del curso le sustituye temporalmente el Padre Heliodoro, nuestro profesor de Lengua y Literatura.

Desaparece el campeonato de la frontera y es sustituido por la competición deportiva intercentros: Lekároz, Maristas, Instituto, Jesuitas de Tudela, Oronoz, etc., con enfrentamientos en todos los deportes de balón y pelota, incluso jockey sobre patines.  Creo recordar que fuimos siempre los mejores de Navarra, que era nuestra circunscripción.  Se construyó la cancha de baloncesto, y se soló con hormigón pulido y bruñido, para el mejor discurrir de los patines

 

 

En mi cuarto curso 55/56 paso, por fin, de sección, a la segunda, y mi nuevo vigilante es el Padre Melchor, con quien seguiré hasta el final, ascendiendo curso a curso una sección.   Tengo magníficos recuerdos del Padre Melchor, a quien ví por última vez en Marzo de 1.960 cuando volví de excolegial  a ganar el partido
de fútbol, al que fuimos los de Pamplona reforzados con un par de jugadores de Osasuna.  El Padre
Melchor fue un importante bastión en el que fuimos fortaleciendo nuestra personalidad todos mis coetáneos: esos cursos de Preu y Sexto que aparecen en orden alfabético en la Efemérides de este año 2.009 de nuestra página web.  Por cierto debo corregir “Roca de Togores”, y “Turullols Lorente”

En paralelo fui ascendiendo puestos en el comedor, en el calzadero, en los dormitorios, en la capilla y en la Iglesia; y en el cine: Cada vez tenía la pantalla más lejana y se veía mejor.  Sufrimos la transformación a “panorámica”, y teníamos que estar esquivando las columnas.  Las buenas notas intervenían en la elección de localidad.

En este curso pasamos a ser dos Turullols Lorente, ya que se incorporó mi hermano Pedro, al grupo de los chiquitos.

En Febrero del 56 fallece el Padre José Miguel Aldaz, retirado tiempo atrás de sus ocupaciones formativas, persona a quien veneraba  mi padre desde su época de colegial.

Y aquí esta nuestra primera pastelada ganada, que para nosotros es mucho más importante que el hecho de que Osasuna asciende otra vez a primera división.

 

 

 

 

 

Muy a primeros de Octubre de 1.956, en autobús, saliendo de Pamplona, por Velate, atravesando un paisaje ya familiar , llegaba al colegio de Lekároz y pisaba de nuevo sus campos de fútbol, de ligero tono verdoso por el descanso veraniego, que tornaría al ocre arenoso conforme lo fuésemos peinando con nuestras patadas al balón.  A la tercera sección, y con el Padre Melchor.  Ya nos conocíamos todos.  No era muy corriente que apareciesen nuevos alumnos.  De modo que, nada más llegar: “Guipuzcoanos y Navarros contra el resto”.  Ya organizaríamos más tarde las pasteladas.

 

 

 

LAS EXCURSIONES  eran acontecimiento tradicional, una a poco de llegar, a primeros de curso, y otra a primeros de primavera.  Recuerdo de todo: Una a Irún y Fuenterrabía, que aproveché para visitar a mi hermana interna, en un Colegio de “Monjas Negras francesas”, y que en el 57 nos devolvieron visita para conocer nuestro museo de ciencias, la biblioteca, sin olvidar a Ntra. Sra. Del Buen Consejo; un par de salidas a pie hasta el puerto de Otxondo, una de ellas en primavera para ver pasar la “Vuelta ciclista a España”, con un etapón que quedó para la historia como récord de kilometraje, nada menos que desde Zaragoza hasta Bayona, con 320 Km. según señalaba la hoja de ruta.  Era habitual la vuelta a España en el mes de Abril, y con ella nuestra rivalidad Loroño – Bahamontes, y es que el primero era “vasco”.  Para el segundo, precisamente este próximo mes de Julio celebrará las “bodas de oro” de su victoria en el Tour, la primera española.

¡No!  Si aquí celebramos “bodas de oro” en montón.  ¡Que tiempos aquellos!

Y nos vamos directamente a los exámenes de Junio, con el examen de Reválida Elemental en el Instituto de Pamplona.  En estos exámenes también Lekároz era el mejor en aprobados.  Después de esta Reválida elegíamos un bachillerato superior, cursos quinto y sexto, de ciencias o de letras.

 

Pero, si de excursión se trata, nada como aquella del 58 a Lourdes.

Ya estamos en el curso 57/58, y en el mes de Mayo…  Mejor transcribo unas líneas de mi carta a casa tras aquella excursión:     

 

Salimos de Colegio a las seis y cuarto.  Hicimos un viaje muy bueno, y en la frontera no nos pusieron ningún inconveniente.  Nos pararon a almorzar en San Juan de Pie de Port, donde nos encontramos con una feria de ganado y dimos una vuelta por la feria y el mercado.   ….600 francos son 600 francos, pero se puso a llover y volvimos corriendo unos cuantos a comprarnos un sombrero.  Total, en Lourdes no nos va a
conocer nadie.   Hubo bastantes aventuras: Íbamos hablando con una Sra. Catalana que vivía allí, y nos encontramos con unos cuantos del Colegio aporreando a una máquina, a punto de pegarse con un tío al que llamaban ladrón, porque habían echado unas monedas y no  salían los caramelos que se suponía comprados.  Esta Sra. nos recomendó lo dejáramos pasar, que allí ante la policía siempre tenían razón los naturales del lugar.   Al llegar a otra tienda las carcajadas se oían en todo Lourdes, y es que otro grupo de los nuestros, con Zubiaur a la cabeza, que es el más chistoso del Colegio, habían entrado en contacto con una dependienta que les llevó a una tienda de pantalones vaqueros, y todos compraron.  Luego les preguntó que si todos los españoles eran como ellos, y este Zubiaur, muy en su papel, le contesto que ni muchísimo menos, que había algunos que eran algo más feos.  Todos los que oyeron esta salida todavía se estarán riendo.   … a la vuelta llegamos al colegio a las tres y cuarto, pero los de la primera, con los que venía Pedro Mª. Llegaron a las cuatro y media dadas, al tener que volver a buscar a uno que se había perdido.

 

Como colofón, al día siguiente, que era jueves, tuvimos  Misa a las seis de la tarde, y luego  sesión de cine.

 

 

Verano del 58.  Lo destaco por ser el primero en que se constituye “Grupo de Montaña LEKAROZ”, con un plan de camping en el Pirineo central del 28 de Julio al 10 de Agosto preparando la  cobertura para el establecimiento en el Colegio de la organización mundial Boy Scout, que en España había existido ya antes de 1936, y volvía ahora a renacer.   Así se expresaba en carta del mas de Mayo de 1959 el Padre Rector Domingo de Beizama.

Uno de estos alumnos  asistente al grupo de Montaña, falleció en el Colegio el 10 de Febrero en un desgraciado accidente, Miguel Jiménez Jaunsarás, q.e.p.d., hermano de mi coetaneo Alberto.   En mi
época colegial hubo dos bajas más de mi misma edad ambas, una en verano, por lo que su efecto fue menor, y otra en pleno curso, como esta última: los tres viven en mi recuerdo con gran afecto.

Este Grupo de Montaña dio paso al proyecto de establecer en el Colegio la organización mundial
Boy Scout, que se llevo a cabo en Mayo de 1.959.  El escrito de constitución y colección de fotos del
primer Juramento y Misa, ante la Virgen del Bosquecillo del Colegio de Capuchinos, oficiada por el M.R.P. Florencio de Artavia, Superior Provincial de Capuchinos, y  con mis padres Pedro Turullols y Berta Lorente como Padrinos, es tema que pospongo para enviar a nuestra página web en ocasión próxima.

 

Puesto que hemos hablado del Padre Domingo de Beizama,  todos los años celebrábamos con especial festejo la onomástica del rector, y con este programa de 1.958 que conservo, debidamente escaneado, sobran otros comentarios.

 

 

 

 

Para otros recuerdos en sus oportunas ocasiones, si se presentan, quedan batallitas que contar, de todo signo: futbolísticas, con los Zaldúa, Glaría IV Jesús, Miguel Jones, Regueiro, etc.. Filiales, para con todos aquellos frailes a los que tanto debemos, que evito nombrar por temor a dejarme alguno.  Culinarias, incluso, ya que recuerdo algunas protestas por la reiteración de algunos platos en la dieta, (en cierta ocasión tuvimos una auténtica batalla campal en el comedor, con higos secos como proyectiles.  Nos habíamos  hartado ya de este postre). Recuerdo alguna especial, con grupos más reducidos de alumnos, como la escolanía, bajo la batuta del Padre Carlos de Espinal.  Era nuestro profesor de francés, pero donde de verdad se enfadaba era cuando desafinábamos: ¡ Menudo genio!.  Menos mal que la voz de nuestro compañero Castillo era el comodín para calmarlo.

 

En fin:  Cada cual tendrá sus propias emociones en lo más profundo, y en ellas participamos muchos protagonistas.  

 

Un muy fuerte abrazo a todos

 

                        José Daniel Turullols Lorente (Turula)

Recuerdos y testimonios de la década de: 1960

El incendio de Lecároz - Luis Miguel de Les
 

El incendio se produjo la noche del 9 al 10 de diciembre de 1962, hacia las 23,30 ó 24 horas, es decir, en plena medianoche, con todo el mundo dormido tras un "puente", ya que la Inmaculada había caído en sábado y en aquella época dos días seguidos de plena festividad era todo un lujo.

Como años después esa misma noche y casi a la misma hora tuve un accidente de coche, mi madre siempre decía que mucho Nuestra Señora de Loreto (10/DIC), Patrona de los aviadores, pero que esa
fecha era aciaga para nosotros. A mí me despertó uno de los mayores, dando voces en el dormitorio. Ocupaba entonces una camareta próxima a la ropería, es decir, casi debajo de donde se estaba produciendo el fuego.

Salimos de allí a la carrera, medio vestidos, no dándome tiempo siquiera a recoger un billete de 100 pesetas, que, muy bien doblado, había dejado encima de la mesilla, mejor dicho, encima de una pequeña maleta de cuero que estaba sobre la mesilla. Todo se quemó.

Bajamos al calzadero, donde el P. Melchor de Asiain (me parece que vestido de chándal, no con hábito) había organizado un perfecto dispositivo de evacuación, con toda la gente discurriendo en filas de salida hacia los frontones y una pequeña de regreso, con los mayores, a quienes se permitió fueran sacando
cosas de las zonas menos expuestas. Pasamos un buen rato en el patio, viendo la progresiva ascensión de las llamas al cielo a través del tejado y la viva iluminación de las ventanas, acompañado todo de ruidos desconocidos para nosotros, como de explosiones sordas; pudimos contemplar la sucesiva llegada de los bomberos de Gorramendi (donde había un Escuadrón de Alerta y Control del Ejército del Aire, mixto USA-España), de los de Pamplona, Irún, San Sebastián, de la Diputación, etc... También veíamos andar con pasos de gigante y actuar a Fr. Martín, con botas de caucho de media caña y hábito levantado casi hasta la rodilla, capitaneando un grupo de americanos y "casheros" de la zona, que con hachas en la mano estaban practicando un cortafuegos para que que las llamas no alcanzaran el coro y la iglesia. Tiempo después nos llevaron a un convento de monjas en Elizondo, quizá se trataba de un hospital o asilo. No recuerdo haber dormido de dos en dos, pero sí desayunar café con leche en plato, dado que no había tazas para todos. A media mañana llegó mi padre desde Irún a recogerme. Cuando regresé a casa advirtieron entonces que estaba ¡sin calcetines! en pleno mes de diciembre. A partir de ahí, vacaciones anticipadas hasta después de Reyes.
 
Al regreso al Colegio nos esperaban en los frontones montones y montones de ropa, zapatos y otros
enseres que, pacientemente, fuimos identificando y adjudicando en días sucesivos.
En el período vacacional se había procedido a tapiar las ventanas de la parte afectada, levantar tabiques que separasen esas dos mitades suroeste del resto de edificios y, en general, a reubicar dormitorios, aulas
y despachos. Tuvimos que acostumbrarnos a las nuevas instalaciones y a prescindir para siempre del magnífico recinto del aula magna (salón de actos, creo recordar se le llamaba, donde se leían mensualmente los máximos incompletos y algún que otro completo), archivo, ropería, parte de la sala de juegos, etc.
 
A la vuelta de los años encuentro providencial que casi todo el mundo resultase ileso. Pensemos que allí se alojaban cerca de trescientos alumnos y unos sesenta miembros de la Comunidad. Creo recordar que el P. Berardo de Aguaviva se hirió en el antebrazo derecho (debió ser profunda la herida, pues andaba todavía mucho tiempo después de nuestro regreso, en enero y febrero, con vendas en la muñeca). Me parece que también Fr. Martín, a fuerza de ir arriba y abajo con el hacha, se hizo daño, pero nadie más. Pérdidas materiales las hubo, pero no estábamos en épocas de reivindicaciones y no me suena que nadie aludiera a responsabilidades de la Organización o de compañías de seguros. Y si hubo indemnizaciones, no me consta alcanzaran a los alumnos...

 

El incendio - Joaquín Trecet

 

Paso a relatar el incendio según yo lo viví; yo era de los pequeños, tenía 9 años y dormía en la otra
parte del dormitorio  de los mayores, nos separaban las escaleras que bajaban al calzadero y los wateres: Como muy bien dice Les, era  alrededor de la media noche, (justamente esa tarde habían venido
casi todos de puente de la Inmaculada), yo no, pues era de Madrid y me había quedado con unos cuantos en el cole;  total que estábamos todos durmiendo, y de repente llega un cura dando palmas
(no me acuerdo quién) y dice ¡¡¡vamos chicos, levantaros que se está quemando el colegio!!!, yo no me lo creí (pensaba que estaba de broma), creía que eran las 7 de la mañana, así que me vestí y cogí la toalla
y la bolsa de aseo para ir a los lavabos, cuando pasé a la altura de los "wateres" camino de los lavabos, me quedé totalmente impresionado, pues al fondo, a la altura de la ropería, se veía un fuego impresionante, y todo el mundo corriendo,  bajando por las escaleras a los calzaderos hacia el patio y los frontones.
Volví a mi cama,  dejé la bolsa y la toalla y sin coger nada más salí disparado con lo puesto para los calzaderos y el patio con todos los demás; allí me acuerdo que estábamos en el frontón de la 5ª viendo como se quemaba el "cole", como si fueran fuegos artificiales. Es verdad como dice Les que había explosiones, parecía una película, había gente en el tejado con hachas haciendo un cortafuegos (vaya huevos), empezaron a llegar gente del valle y los bomberos.


A nosotros los "peques" como muy bien dice Les, nos llevaron con las monjas y dormimos dos en
cada cama (yo me acuerdo que dormí con José Ignacio Badiola). Es increíble que me acuerde del nombre de con quién dormí, pero me acuerdo. Total que luego desayunamos y vuelta al "cole". Cuando llegamos,
el fuego estaba totalmente apagado.


Para mí no acabó ahí la cosa, pues tenía que ir a mi casa en Madrid. A los de Madrid (que éramos dos o tres) nos metieron en un tren en Pamplona y con lo puesto, llegamos a Madrid por la mañana temprano,
cogí un taxi (sin dinero), y para mi casa. Cuando llegué y mi madre me abrió la puerta, (serían las 9 de la mañana) exclamó sorprendida ¡¡¡te han expulsado del colegio!!!,  -no , no !! es que se ha quemado!! ...y baja, que hay que pagar el taxi... luego, tras llamar al colegio, comprobaron que efectivamente se había quemado... Mi familia debió alucinar al ver a un niño en pantalón corto, botas del baloncesto, y un jersey, con un lápiz, la pluma y la goma de borrar, en el bolsillo derecho del pantalón, por todo equipaje (ni que fuera un escritor).


Realmente, podía haber sucedido una catástrofe impresionante, un colegio todo de madera, ardiendo como una tea en medio de  los Pirineos a las 12 de la noche y sin bomberos cerca, con 300 chavales de 9 a 17 años corriendo de un lado para otro, (los curas debían de estar acojonados), pero por suerte no pasó
nada y sólo se quemó una  pequeña parte.


A veces he pensado qué es lo que originó el incendio y tengo la teoría de que fue algún fluorescente de los que estaban pegados al techo, (hacía poco que los habían cambiado por las antiguas lámparas que colgaban), que se calentó y armó todo el  lío.


Bueno, a día de hoy, el colegio ya no existe, el muy Ilustre Gobierno de Navarra lo ha derribado, argumentado que estaba en estado de ruina, ¡qué gracia! ¡de ruina nada!, ¡¡ellos sí que son una ruina!! Yo he estado dentro el 14 de octubre y puedo certificarlo. Tenemos la peor clase política preparada de la democracia con diferencia. En Europa ni siquiera se hubieran planteado el derribarlo, (un edificio en perfecto estado del S. XIX, de piedra y madera), somos unos PALETOS y así nos luce el pelo.

Para mí es como si tirasen parte de mi infancia, pero bueno, me quedo con los recuerdos de los buenos "amiguetes", (esos no los pueden tirar) y la excelente educación que nos daban (quitando la religión, que se pasaban un "pelín"). Lo que más gracia me hace es que el fuego en su día no pudo con los muros de piedra, que han resistido en pie más de 40 años tras el incendio, y ha sido la mano del hombre quien los ha derribado. CUANTO NOS QUEDA QUE APRENDER........

Un saludo para todos los excolegiales
Joaquin Trecet

 

"Los niños del coro" - Luis Miguel de Les


Pertenecer al Coro del Colegio era uno de los privilegios de quienes en teoría teníamos mejor voz que otros, quizá más atiplada, pues lo de la voz, como sabemos, es producto de dilatados ensayos y en definitiva, de preparación, modulación y "trial and error", término que algunos aplican hoy en día a todo. Yo fui uno de esos afortunados..., aunque, bueno, ya veremos si de verdad era tanta la fortuna.
 
Solía venir el director del Coro a la sección, a rescatarnos de nuestras tediosas sesiones de estudio, allá en el último horario programado de ciertos días, normalmente hacia el fin de semana. Bajábamos, bien a los cuartos de la música, situados en un lateral del calzadero debajo de la Capilla de la Divina Pastora, donde cerca de media docena de pianos verticales aguardaban unas clases de ese instrumento que apenas se producían o bien íbamos a algún aula desocupada o, en ocasiones, a la propia iglesia a ensayar.

 

El repertorio podía ser sacro o laico. Entre los primeros temas, no faltaba la "Misa de Angelis" con su Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Agnus Dei e Ite Missa est; el "Veni, Creator Spiritus"; el "Dies iræ, dies illa"; el
"Tantum ergo" o el propio Himno de la Madre del Buen Consejo, así como canciones al uso ("Cantemos al amor de los amores", "A quién tenéis guardado dentro del corazón" y varias más que el 'alzheimer' me impide recordar). Entre los segundos, siempre había alguna obrilla pseudoteatral, con partes cantadas,
muy al uso de lo que se había venido haciendo en los seminarios capuchinos desde tiempo inmemorial
("Yo de mi majada el mejor cordero", etc...) o simplemente típicos de la zona y de la época, como el
"Agur Jaunak" o el "El Monte Gorbea"; también recuerdo algunas bastante más prosaicas, como "Vamos a contar mentiras", "Alta y delgada", "El señor don gato", "Quisiera ser tan alta" o "La chata merenguera", entre otras. Los domingos y festivos, actuación estelar. Para nosotros, los cantores, en la iglesia era bastante más cómodo permanecer de pie prácticamente toda la Misa, a excepción del momento de la Consagración, que atenerse a la rígida liturgia tridentina, que requería permanecer de rodillas desde el Sanctus hasta después de la Comunión, además de algunos otros momentos que ya no recuerdo.
 
Pero, ¡ay Dios mío!, ahora llega la parte trágica de pertenecer al Coro. Los sucesivos directores no siempre se caracterizaron por su seráfica y pacífica mansedumbre, sino que el demonio (que, insisto, no sólo se dedicaba a lanzar piaras de cerdos cuesta abajo...) los hacía encolerizar a la mínima de cambio, es decir, en cuanto algun trino se salía del pentagrama o alguien había olvidado la letra, en tiempos en que el apuntador no existía, al menos desde una concha instalada "ad hoc" en la iglesia. Y ahí es donde se desataba la tragedia.

 

Recuerdo en una ocasión en que debíamos interpretar algo que, seguro, no había sido debidamente ensayado y flaquearon los trinos, las letras o todo a la vez. El director en cuestión, de quien recuerdo perfectamente su nombre pero omito, pues desde su descansado refugio andaluz quizá pudiera interpretar mal mi buena memoria, se lió a guantazos ante nuestros desatinos, agitando rítmicamente los brazos con sus palmas extendidas, ora el izquierdo, ora el derecho, a ver a quién alcanzaba, mientras el Coro en pleno desplazaba sus cabezas ora a la derecha, ora a la izquierda, tratando de evitar el aluvión de "zartakos" que se le iba viniendo encima.

Mientras tanto -prodigio de su portentosa voz- complementaba el fraile nuestros olvidos de letra y música con su aportación cantada fuera de programa, en medio del reparto "urbi et orbi" de bofetadas. Naturalmente, los de las primeras filas de la iglesia -el Coro solía situarse en el lateral izquierdo, junto a la puerta de acceso al interior del Colegio y sacristía- asistían entre atónitos y divertidos a la sarta de tortazos que se estaba repartiendo en tan sacro lugar.

Los devotos asistentes del Valle algo intuían desde los bancos de atrás que no iba bien en ese súbito tránsito de los cánticos de voces atipladas a la de un recio varón roncalés, encima con un cierto timbre de cabreo en su interpretación. En fin, que en lo sucesivo nos quedó claro que había que aprenderse bien
letra y música, so pena de exponerse a una ensalada de guantazos proporcionada "in situ", sobre la marcha, sin anestesia alguna y con independencia de encontrarnos en un lugar bendito.
 
Pero también tenía sus ventajas. En principio, pulular por la iglesia siempre traía consigo ciertas recompensas en forma de restos de vinajeras -creo recordar que había ocho altares laterales, además del mayor-, culos de botellas de vino de consagrar o lingotazos puros y duros a la garrafa que el sacristán, Fray Salvador de Lizarraga -fray tapón-, había olvidado guardar bajo llave; a veces, acompañado de una suculenta guarnición de restos de obleas -recortes de hostias- que reconfortaban y nos hacían olvidar a sus homónimas que hubieran podido ser repartidas, o estaban pendientes de repartirse, ante nuestros fallos.
En segundo lugar, liberarnos del estudio debía tener la misma satisfacción que, seguro, tienen ahora los liberados de los sindicatos a la hora de dejar de ir a trabajar en beneficio del sindicalismo. Además, de vez en cuando había algunas gratificaciones adicionales, en forma de dispensas de actos bastante tediosos para los asistentes, en los que participábamos como cantores de una manera distendida e informal.
 
No hubo mejor fortuna con los sucesivos directores que fuimos teniendo, hasta llegar al P. Daniel de Estella, que, ya quizá por estar avanzado el decenio de los sesenta, no tenía por costumbre alargar la mano con la ligereza de sus predecesores. Ya comenté en alguna ocasión que en Lecároz se daba una generosa
cultura de la mano ligera, en las versiones tortazo, coca, pellizco (el famoso "carrillazo", término de igual genuina patente lecarozista que la tortilla), borradorazo, mineralazo y algunas modalidades más, producto de la imaginación de muchos años de docencia y de tiempo libre para diseñar "herramientas" de disciplina acorde con los usos y costumbres de la época.

Como entonces no había leyes de violencia de género, de número, de sexo o de condición (el "Fuero de los Españoles" no descendía a tales sutilezas), pues todos tan contentos. Además, ¿y el gozo que tenía esquivar ágilmente ese bofetón que veías venir cuando el profesor, al que habías exacerbado en su nivel nervioso hasta los mismísimos lugares impúdicos, se levantaba de su estrado y comenzaba a avanzar entre las filas haciéndose el desentendido, como si silbase mirando al cielo, pero presto a soltar su zurriagazo manual al pasar por tu lado? Si te apercibías de ello, justo en el momento que llegaba a tu altura, con toda flexibilidad doblabas el espinazo con un giro de noventa grados, rozando con la frente el suelo por el lado contrario del pupitre. Era totalmente imposible que te alcanzase... Y los tortazos sólo iban dirigidos a la cara o cogote, así que, protegiendo esas partes del cuerpo, el resto quedaba a salvo, pues cualquier golpe en otro lugar era sencillamente impensable: se castigaba la fuente de la masa pensante, no el cuerpo ejecutor, que era meramente un "mandao" de lo que ese cerebro, diseñado "ex profeso" para amargar la vida al profesor que se la dejaba amargar, había pergeñado. Pero ¡ay de tí! si estabas sentado en las filas pegadas a los tabiques, ahí sí que no tenías más defensa que un buen blindaje de la cabeza con brazos, manos, codos y todo aquello que pudiera amortiguar la lluvia de golpes que el fraile puesto al cien soltaba, olvidando por un momento ser digno discípulo del seráfico pacifista por antonomasia, el bueno de San Francisco.

Todo un rito de autoprotección en tiempos escolares de "la letra con sangre entra".
 
En fin, acabo por esta ocasión. Saludos.
 
Luis Miguel

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 Web publicada el 19 de Junio  de 2018